Noticias

ELI COHEN Y EL CAPÍTULO ARGENTINO DE SU HAZAÑA

RST 2020-03-05

*ESLABÓN BUENOS AIRES *
*Su vida superó la imaginación de cualquier guionista de Hollywood, por lo que la escenificación de su muerte no podría ser menos cinematográfica.* 

*Pan y Circo en Damasco*
Transcurre la mañana del 18 de mayo de 1965. El cuerpo de Eli Cohen aún se bambolea como si se tratara de un muñeco colgado de la horca montada en la plaza principal de Damasco.  Es tan fuerte la escena, que durante algunos segundos el silencio permite que se escuchen los latidos y la respiración entrecortada de los miles de ciudadanos sirios, reunidos en la plaza. El presidente sirio, general Amin El-Hafez, y con él toda la nación que gobierna con mano dura, habían sido puestos en ridículo por el talento de una sola persona, el judío Eli Cohen, quien se infiltró en lo más alto de su gobierno, utilizando como recursos su inteligencia; su heroísmo; su entrenamiento; pero fundamentalmente su habilidad para elaborar la cadena de complicidades de la que fueron partícipes, con sorprendente falta de astucia, los propios sirios oprobiados, tanto en Damasco como en un recóndito rincón del mundo llamado Buenos Aires. 

El general El-Hafez, está herido en su orgullo por ese intrépido espía del Mossad que logró engañarlo convirtiéndose en uno de sus más cercanos confidentes y presiente que sus camaradas de armas lo perciben débil, algo que no puede permitirse si desea mantenerse en el poder… y con vida. 


Furioso consigo mismo y con quienes le presentaron a Kamal Amin Thaabet en la lejana Argentina, recurre con urgencia al antiguo método de “Pan y circo”, utilizado por regímenes totalitarios de todas las épocas. Es tal la magnitud de la afrenta, que esta vez el pan no es suficiente para apaciguar al pueblo, por lo que se monta el espectáculo que sus allegados le sugieren. 


El espía israelí, que antes de ser descubierto jugó un papel fundamental en la humillante derrota militar en manos del odiado enemigo “sionista” debe ser colgado en una horca en la mayor plaza del país, en un show cuidadosamente preparado como ofrenda de El-Hafez a su pueblo, pero también como una muestra de que su poder está intacto, ésta dirigida tanto a sus connacionales como a sus enemigos.   


El verdugo hace su trabajo y durante algunos tensos instantes la visión del cuerpo sostenido por una soga anudada a su cuello y estremeciéndose en sus últimos estertores, paraliza al público. Hasta que de repente, al unísono como si el director del filme tras su cámara hubiese dado la orden, la multitud reacciona y estalla de algarabía.  Los cantos de victoria irrumpen en el corazón de Damasco, como un grito ahogado que explota desde lo más profundo de la nación. La vergüenza tiene ahora sabor a venganza. 


Pasaron años hasta que el mundo pudo conocer el verdadero alcance de los logros de aquél agente. Libros, series, documentales y películas fueron dedicadas a sus hazañas. 


Sin embargo, aún quedaban detalles sin salir a la luz. Hasta hace cerca de dos años, en que el Mossad concluyó una investigación histórica que derivó en la elaboración de dos extensos informes sobre Eli Cohen y su paso por la organización. 


El primero de ellos, de carácter biográfico, repasa sus actos desde que fuera reclutado por la agencia de inteligencia israelí hasta su ejecución por las impiadosas manos sirias, que no solo desoyeron los ruegos por su vida, sino que no tuvieron siquiera el gesto de humanidad de entregar su cadáver a la familia, para que puedan llorarlo en una sepultura en Israel. 


El segundo informe, pone por primera vez la atención en un aspecto crucial de la operación, para algunos uno de los más importantes: su paso por Buenos Aires. 

*Buenos Aires: La transformación de Eli en Kamal*
En las oficinas del Ala de Operaciones del Mossad, en Cesárea, todavía se guardan miles de informes que el “agente 88” envió a sus superiores desde la capital argentina. ¿Por qué dedicar años a la investigación de estos documentos, más de medio siglo después de su muerte? Porque aún hoy, tanto tiempo después, se admira la atención y el cuidado al detalle que le permitieron a Eli Cohen construir su pantalla, algo que es enseñado a los reclutas de los más importantes servicios de inteligencia del mundo y que comenzó en Buenos Aires.


Kamal Amin Thaabet aterrizó en Argentina el 6 de febrero de 1961. Su historia, su nombre y su pasado como Eli Cohen quedaron sellados en alguna valija: desde el momento en que pisó suelo argentino pasaría a ser conocido como Kamal, musulmán nacido en Beirut, Líbano. En uno de sus primeros reportes a Tel Aviv, el propio agente presentó su pantalla: “Me trasladé a Alejandría con mis padres cuando tenía 3 años y en 1947 abandonamos Egipto hacia Italia. De allí, a mediados del mes de febrero de 1948, inmigramos a Argentina en donde me encuentro desde entonces. Mis padres regresaron al Líbano, en donde fallecieron en el transcurso de un año, dejándome una herencia en el Líbano que espero recibir pronto”.


Diez años antes de su llegada a Buenos Aires, Cohen había tenido su primer contacto con el servicio secreto israelí. Fue en su Egipto natal, cuando Abraham Dar -posando como el empresario británico John Darling – lo invitó a una entrevista de admisión para un proyecto especial. “Era un bon vivant – una persona que sabe y ama disfrutar”, sentenció Dar. “Pasaba tiempo en restaurantes y cafeterías, se destacaba socialmente, era carismático y con humor”, lo describió. Esas mismas cualidades, que a los 26 años lo habían dejado fuera de los servicios, fueron luego la piedra fundacional de su nueva identidad. 


No es casual, entonces, que el primer destino de este “bon vibant” fuera un bar. El “Al-Masri” era el punto de encuentro habitual de la comunidad siria porteña. El agente comenzó a frecuentarlo e intercambiar algunas palabras con los asistentes, que poco a poco se convirtieron en largas conversaciones entre tazas de café. Estos primeros contactos -entre ellos con el poeta libanés Iosif Ionen - le abrieron la puerta a nuevos lugares y figuras destacadas de la comunidad. 


En tan solo algunos meses, Kamal Amin Thaabet había pasado de ser un perfecto desconocido a ser el más popular de los habitués del restaurante “Al-Masri” y una figura destacada de la comunidad siria local. Su deseo nacionalista de viajar a conocer Siria -y tal vez hacer negocios en el camino- ya era conocido por muchos de sus nuevos amigos y compañeros, entre ellos el exitoso contador Latif El-Zaoumi y Bachir Mohamad Nayib Bakir quienes, subyugados por el carisma de Kamal, gentil e inocentemente le proveyeron de los contactos que este necesitaba para completar su inserción en la comunidad siria de Buenos Aires y con ello ganar el ticket de ingreso directo a las grandes ligas del poder en Siria. 


Sin imaginar el daño que estaban provocando a su patria, ellos ayudaron a Kamal a introducirse dentro del selecto entorno de la embajada siria en Argentina, embajada en la que el agregado militar no era otro sino el mismísimo general Amin El-Hafez, quien dos años más tarde se convertiría ni más ni menos que en presidente de Siria. 


Pareciera que Dios había arrojado los dados y el azar los acomodó del lado de Eli. Ni en sus mejores sueños, podría haber imaginado que su alter ego, Kamal Amin Thaabet, se convertiría en amigo de quien ostentaría el mayor cargo ejecutivo del país en donde debería infiltrarse. La primera parte de la operación había sido un éxito.


El 26 de diciembre de 1961 Eli Cohen viajó a Israel donde celebró su último cumpleaños en familia. De inmediato, a comienzos de enero de 1962 con 37 años recién cumplidos, emprendería el largo viaje a Siria, desde donde salvaría miles de vidas israelíes a costa de la propia.

LOS MÁS LEIDOS